COLUMNA DEL DÍA
La vida se respeta
Por Marcelo Torres Cruz
Ayer, con muchísimo dolor, volví a mirar de frente a la muerte. Esta semana he visto otra vez esa danza macabra de soldados y guerrilleros, de hombres y mujeres jóvenes que caen en una guerra que parece no terminar. Y cuando uno observa sus rostros, cuando descubre que muchos apenas tienen 15, 16 o 18 años, algo se rompe por dentro. Porque detrás de cada uniforme hay una historia, una familia, unos sueños que alguna vez comenzaron con la ilusión sencilla de un niño.
Como educador popular he caminado algunos de los territorios más olvidados de Colombia. Estuve en el Cauca, en Santa Leticia, en la vereda Tijeras, cerca del Nevado del Puracé. Allí comprendí que para muchos niños y niñas el Estado es una palabra lejana. Los programas de bienestar familiar no siempre consiguen llegar hasta esos lugares con la fuerza y la continuidad que deberían. Y cuando el Estado no llega con educación, alimentación, protección, cultura, deporte y oportunidades, otros terminan llegando con fusiles. Entonces la guerra empieza a presentarse ante un niño no como una tragedia, sino como una alternativa de vida. Ese es uno de nuestros mayores fracasos como sociedad.
Por eso, las nuevas gobernanzas tienen una responsabilidad enorme: hacer que los programas de bienestar familiar y las demás políticas sociales lleguen realmente a los territorios apartados. No basta con diseñar programas desde una oficina en una ciudad. Hay que caminar las trochas, sentarse con las familias, mirar a los niños a los ojos y ofrecerles otras posibilidades. Que en sus manos haya un lápiz antes que un arma. Que puedan construir proyectos, estudiar, jugar, crear, emprender y soñar. Porque un niño que encuentra un proyecto de vida difícilmente necesitará encontrarlo en una guerra.
Escuché alguna vez a una historiadora decir que cuando una persona muere en una guerra no muere solamente un cuerpo: muere también un destino posible para un país. Muere un futuro profesional, una familia que quizá habría construido, un emprendimiento que nunca nació, una idea que nadie alcanzó a escuchar, una esperanza que quedó suspendida. Por eso resulta todavía más doloroso cuando vemos personas tomándose fotografías junto a los cuerpos de soldados o guerrilleros caídos, como si la muerte del otro fuera una victoria que pudiera exhibirse. No. Allí no hay una victoria. Allí hay una tragedia.
Podemos tener diferencias políticas, ideológicas y profundas discusiones sobre el país que queremos construir. Pero hay una frontera que jamás deberíamos cruzar: convertir la muerte en espectáculo. Detrás de cada cuerpo hay una madre, un padre, unos hermanos, unos hijos, unos amigos. Hay una historia que termina demasiado pronto. Por eso, frente a la guerra, frente a cualquier uniforme y frente a cualquier ideología, hay una frase que deberíamos repetir hasta aprenderla de memoria: la vida se respeta. La vida se respeta. La vida se respeta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario