domingo, 27 de septiembre de 2026

Columna del día

VOLVER A CONTAR LA HISTORIA CON ESPERANZA
Columna dominical de Marcelo Torres Cruz
Por Marcelo Torres Cruz
Venimos de familias que también han tenido que sobrevivir a sus propias heridas. Familias atravesadas por duelos, pérdidas, carencias, silencios, secretos y dolores que muchas veces nadie se atrevió a nombrar. A nuestras historias familiares se han sumado, además, las heridas de un país marcado por la violencia, las polarizaciones, las desigualdades y las pérdidas. Así, aquello que no pudo ser elaborado por una generación termina, algunas veces, apareciendo en la siguiente como miedo, tristeza, conflictos, ausencias o pobrezas emocionales. No porque nuestras familias estén condenadas al dolor, sino porque aquello que no se cuenta, aquello que no se comprende, muchas veces continúa buscando una manera de ser escuchado.
Por eso, uno de los actos terapéuticos más profundos consiste en volver a narrar nuestra historia. No para negar lo que ocurrió, ni para maquillar las heridas, sino para mirarlas con otros ojos y descubrir qué aprendimos de ellas. Hay dolores que no podemos cambiar, pero sí podemos transformar la manera en que los llevamos. Podemos preguntarnos qué nos enseñaron las pérdidas, qué fuerza nació de las carencias, qué caminos abrimos después de las despedidas y qué posibilidades aparecieron allí donde alguna vez solo veíamos oscuridad. Volver a contar la historia es dejar de ser únicamente aquello que nos pasó para comenzar a reconocernos también como aquello que hemos logrado construir después de lo vivido.
Leer la vida con esperanza no significa desconocer el dolor; significa negarle al dolor la última palabra. Significa aprender a mirarnos con compasión, amarnos en nuestra propia historia, recuperar la alegría y comprender que incluso las familias heridas pueden convertirse en lugares de reparación, encuentro y transformación. Reconstruir nuestra historia es cambiar el relato de la pérdida por el relato de la posibilidad; es mirar hacia atrás sin quedarnos atrapados allí y mirar hacia adelante con la certeza de que nuestros hijos no tienen que heredar nuestros silencios. Tal vez sanar comienza justamente cuando nos atrevemos a decir: esta fue nuestra historia, esto nos dolió, esto nos marcó… pero aquí estamos, y todavía podemos escribir un capítulo diferente.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Entrevista a Marcelo Torres Cruz Pará el Espectador

En entrevista para El Espectador, Marcelo Torres Cruz planteó que la reconciliación familiar puede convertirse en una fuerza capaz de transformar no solo las relaciones dentro de los hogares, sino también la vida de las comunidades y los territorios. Cuando una familia recupera la capacidad de escucharse, dialogar, reconocer sus heridas y construir acuerdos, se abre también la posibilidad de generar nuevas formas de convivencia y de fortalecer los vínculos que sostienen la vida comunitaria.
Desde esta perspectiva, el fortalecimiento de las familias constituye un punto de partida para orientar nuevas acciones pedagógicas y sociales en los territorios. La reconciliación permite abrir caminos, tender puentes y tejer transformaciones colectivas, porque es desde las relaciones cotidianas, desde el cuidado y desde la recuperación de la esperanza, donde pueden surgir procesos comunitarios capaces de construir nuevos horizontes para las familias y sus territorios

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos

Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos
Por Marcelo Torres Cruz
Hay emociones que no desaparecen porque las ignoremos; al contrario, se quedan viviendo en algún rincón de nosotros, esperando el momento en que bajemos la guardia. Intentamos controlarlas, esconderlas, hacer como si no existieran, pero aquello que no queremos sentir encuentra siempre una manera de regresar. A veces aparece en el silencio de la noche, en una conversación que nos incomoda, en el cuerpo que se tensa sin explicación. No es la emoción la que nos destruye, sino la guerra que emprendemos contra ella.
Tal vez por eso aceptar lo que sentimos sea una forma de valentía. No significa resignarse ni dejar que una emoción gobierne nuestra vida. Significa sentarse frente a ella y preguntarle qué viene a decirnos. Escuchar la tristeza sin convertirla en derrota, reconocer la rabia sin convertirla en violencia, permitir el miedo sin entregarle el control de nuestro destino. Cuando dejamos de huir de aquello que nos duele, algo comienza a transformarse: la emoción deja de ser un enemigo y se convierte en un mensaje.
Quizás sanar no consista en sentir menos, sino en aprender a permanecer junto a lo que sentimos sin destruirnos por ello. Hay dolores que necesitan ser llorados, pérdidas que necesitan silencio y heridas que necesitan tiempo. La vida no siempre nos pide respuestas inmediatas; a veces solamente nos pide presencia. Y cuando finalmente dejamos de luchar contra nosotros mismos, descubrimos que muchas de aquellas emociones que parecían enormes comienzan a perder fuerza. Entonces aparece, poco a poco, algo parecido a la paz.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La casa donde nadie quiere entrar

LA CASA DONDE NADIE QUIERE ENTRAR
Marcelo Torres Cruz
Todos hablan de mirar hacia dentro, pero casi nadie se atreve a hacerlo de verdad. Mirar dentro no significa analizar nuestra historia ni construir una versión más amable de nosotros mismos. Significa detenernos y descubrir que aquello que podemos observar no puede ser completamente aquello que somos: los pensamientos aparecen y desaparecen, las emociones cambian, el cuerpo se transforma, los nombres, los triunfos y las derrotas pertenecen a una historia que hemos aprendido a contar. Entonces surge una pregunta incómoda: si todo eso puede ser observado, ¿quién está mirando? Quizá ahí comienza el verdadero viaje: cuando dejamos de identificarnos con el personaje y empezamos a reconocernos en la conciencia que contempla la obra.
Pero cuando finalmente entramos en esa casa interior, no encontramos inmediatamente paz. Encontramos ruido. Una habitación llena de pensamientos contradictorios, heridas que nunca terminamos de cerrar, deseos que cambian, miedos escondidos y emociones que aprendimos a disfrazar para poder seguir adelante. La sociedad nos ha enseñado a mantener las puertas cerradas: mirar hacia afuera, conseguir más, demostrar más, compararnos más, buscar reconocimiento y convencernos de que la felicidad está siempre en el próximo logro. Por eso muchas personas pasan toda la vida viviendo fuera de sí mismas. La presencia, en cambio, consiste en entrar a la casa y encender la luz. No para pelear con el desorden, sino para verlo. Porque aquello que puede ser visto deja de gobernarnos de la misma manera.
Tal vez la paz no consiste en conseguir que la vida sea exactamente como queremos, sino en dejar de mantener una guerra permanente contra aquello que ya está ocurriendo. La mente automática fue hecha para anticipar, corregir, resolver y proteger; pero cuando nos identificamos completamente con ella, la herramienta termina convirtiéndose en nuestro amo. La presencia rompe esa esclavitud silenciosa: nos permite observar sin juzgar, sentir sin convertir cada emoción en una orden y pensar sin convertir cada pensamiento en una verdad. La paz no se persigue; aparece cuando dejamos de luchar contra la realidad. Y la felicidad tampoco se conquista: se revela como consecuencia de una vida reconciliada con el presente. Quizá despertar sea justamente eso: entrar por fin en nuestra propia casa, encender la luz y descubrir que, detrás de todo el ruido, siempre hubo alguien mirando.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Educadores que llevan en la mochila la esperanza

Educadores que llevan la esperanza en la mochila
Por Marcelo Torres Cruz
Columna Dominical
Ayer, en medio de una conversación, apareció una pregunta que desde entonces me viene golpeando por dentro: ¿qué se necesita para ser un buen educador? No una pregunta de esas que caben en un manual, ni una respuesta que pueda aprenderse para un examen. Hablo de otra cosa. De aquello que sucede cuando un educador entra a un territorio donde la pobreza, la violencia, el abandono o la desesperanza han terminado por convencer a muchos de que no existe otro futuro posible. Allí, donde las instituciones llegan tarde y los sueños parecen haber sido expulsados de las casas, el primer requisito para educar es la pasión. Una pasión desmesurada por la vida, por lo que somos, por nuestras familias, por nuestros sueños y por la posibilidad de abrir caminos allí donde durante años solamente hubo muros.
Porque un educador sin sueños termina enseñando únicamente lo que ya existe. Y nosotros necesitamos educadores capaces de imaginar lo que todavía no existe. Educadores con una mochila llena de sueños, de esos que se gastan caminando las calles, conversando con las familias, escuchando a los niños y niñas, abrazando las derrotas y celebrando pequeñas victorias que para otros podrían parecer insignificantes. Los sueños se contagian. Un niño que encuentra a un adulto que todavía cree en el futuro empieza, lentamente, a sospechar que él también puede tener uno. Y entonces la pedagogía deja de ser solamente transmisión de conocimientos y se convierte en una manera de reconstruir la vida, de recuperar la dignidad y de abrir una frontera donde antes solamente había resignación.
Pero hay algo más: necesitamos educadores cargados de esperanza y de alegría. No de una alegría ingenua que niega el dolor, ni de una esperanza convertida en frase motivacional para colocar en una pared. Hablo de una esperanza profundamente territorial, una esperanza que se pone como unas gafas nuevas para mirar aquello que otros solamente ven como problema. El educador esperanzado entra a una comunidad y pregunta: ¿qué podemos construir aquí? Mira las heridas, sí, pero también descubre las posibilidades. Escucha las historias difíciles, pero busca en ellas la semilla de una transformación. Porque educar, especialmente en los territorios más golpeados, consiste muchas veces en ayudarle a una persona a volver a mirarse y decir: “mi historia todavía no ha terminado”.
Tal vez por eso, después de tantos años caminando por escuelas, familias y comunidades, sigo creyendo que la educación es uno de los actos más profundos de resistencia y de amor. Un buen educador no solamente enseña; enciende pequeñas luces. Camina con otros hasta que esos otros pueden caminar solos. Lleva pasión cuando todo parece apagarse, sueños cuando nadie se atreve a imaginar y esperanza cuando el territorio parece condenado a repetir su historia. Y quizá esa sea nuestra tarea más urgente: formar educadores que no tengan miedo de soñar demasiado, porque en los lugares donde la desesperanza ha construido sus casas, un educador apasionado puede convertirse en el primer anuncio de que todavía es posible otro mundo.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Columna del día

COLUMNA DEL DÍA
La vida se respeta
Por Marcelo Torres Cruz
Ayer, con muchísimo dolor, volví a mirar de frente a la muerte. Esta semana he visto otra vez esa danza macabra de soldados y guerrilleros, de hombres y mujeres jóvenes que caen en una guerra que parece no terminar. Y cuando uno observa sus rostros, cuando descubre que muchos apenas tienen 15, 16 o 18 años, algo se rompe por dentro. Porque detrás de cada uniforme hay una historia, una familia, unos sueños que alguna vez comenzaron con la ilusión sencilla de un niño.
Como educador popular he caminado algunos de los territorios más olvidados de Colombia. Estuve en el Cauca, en Santa Leticia, en la vereda Tijeras, cerca del Nevado del Puracé. Allí comprendí que para muchos niños y niñas el Estado es una palabra lejana. Los programas de bienestar familiar no siempre consiguen llegar hasta esos lugares con la fuerza y la continuidad que deberían. Y cuando el Estado no llega con educación, alimentación, protección, cultura, deporte y oportunidades, otros terminan llegando con fusiles. Entonces la guerra empieza a presentarse ante un niño no como una tragedia, sino como una alternativa de vida. Ese es uno de nuestros mayores fracasos como sociedad.
Por eso, las nuevas gobernanzas tienen una responsabilidad enorme: hacer que los programas de bienestar familiar y las demás políticas sociales lleguen realmente a los territorios apartados. No basta con diseñar programas desde una oficina en una ciudad. Hay que caminar las trochas, sentarse con las familias, mirar a los niños a los ojos y ofrecerles otras posibilidades. Que en sus manos haya un lápiz antes que un arma. Que puedan construir proyectos, estudiar, jugar, crear, emprender y soñar. Porque un niño que encuentra un proyecto de vida difícilmente necesitará encontrarlo en una guerra.
Escuché alguna vez a una historiadora decir que cuando una persona muere en una guerra no muere solamente un cuerpo: muere también un destino posible para un país. Muere un futuro profesional, una familia que quizá habría construido, un emprendimiento que nunca nació, una idea que nadie alcanzó a escuchar, una esperanza que quedó suspendida. Por eso resulta todavía más doloroso cuando vemos personas tomándose fotografías junto a los cuerpos de soldados o guerrilleros caídos, como si la muerte del otro fuera una victoria que pudiera exhibirse. No. Allí no hay una victoria. Allí hay una tragedia.
Podemos tener diferencias políticas, ideológicas y profundas discusiones sobre el país que queremos construir. Pero hay una frontera que jamás deberíamos cruzar: convertir la muerte en espectáculo. Detrás de cada cuerpo hay una madre, un padre, unos hermanos, unos hijos, unos amigos. Hay una historia que termina demasiado pronto. Por eso, frente a la guerra, frente a cualquier uniforme y frente a cualquier ideología, hay una frase que deberíamos repetir hasta aprenderla de memoria: la vida se respeta. La vida se respeta. La vida se respeta.