domingo, 13 de septiembre de 2026

Educadores que llevan en la mochila la esperanza

Educadores que llevan la esperanza en la mochila
Por Marcelo Torres Cruz
Columna Dominical
Ayer, en medio de una conversación, apareció una pregunta que desde entonces me viene golpeando por dentro: ¿qué se necesita para ser un buen educador? No una pregunta de esas que caben en un manual, ni una respuesta que pueda aprenderse para un examen. Hablo de otra cosa. De aquello que sucede cuando un educador entra a un territorio donde la pobreza, la violencia, el abandono o la desesperanza han terminado por convencer a muchos de que no existe otro futuro posible. Allí, donde las instituciones llegan tarde y los sueños parecen haber sido expulsados de las casas, el primer requisito para educar es la pasión. Una pasión desmesurada por la vida, por lo que somos, por nuestras familias, por nuestros sueños y por la posibilidad de abrir caminos allí donde durante años solamente hubo muros.
Porque un educador sin sueños termina enseñando únicamente lo que ya existe. Y nosotros necesitamos educadores capaces de imaginar lo que todavía no existe. Educadores con una mochila llena de sueños, de esos que se gastan caminando las calles, conversando con las familias, escuchando a los niños y niñas, abrazando las derrotas y celebrando pequeñas victorias que para otros podrían parecer insignificantes. Los sueños se contagian. Un niño que encuentra a un adulto que todavía cree en el futuro empieza, lentamente, a sospechar que él también puede tener uno. Y entonces la pedagogía deja de ser solamente transmisión de conocimientos y se convierte en una manera de reconstruir la vida, de recuperar la dignidad y de abrir una frontera donde antes solamente había resignación.
Pero hay algo más: necesitamos educadores cargados de esperanza y de alegría. No de una alegría ingenua que niega el dolor, ni de una esperanza convertida en frase motivacional para colocar en una pared. Hablo de una esperanza profundamente territorial, una esperanza que se pone como unas gafas nuevas para mirar aquello que otros solamente ven como problema. El educador esperanzado entra a una comunidad y pregunta: ¿qué podemos construir aquí? Mira las heridas, sí, pero también descubre las posibilidades. Escucha las historias difíciles, pero busca en ellas la semilla de una transformación. Porque educar, especialmente en los territorios más golpeados, consiste muchas veces en ayudarle a una persona a volver a mirarse y decir: “mi historia todavía no ha terminado”.
Tal vez por eso, después de tantos años caminando por escuelas, familias y comunidades, sigo creyendo que la educación es uno de los actos más profundos de resistencia y de amor. Un buen educador no solamente enseña; enciende pequeñas luces. Camina con otros hasta que esos otros pueden caminar solos. Lleva pasión cuando todo parece apagarse, sueños cuando nadie se atreve a imaginar y esperanza cuando el territorio parece condenado a repetir su historia. Y quizá esa sea nuestra tarea más urgente: formar educadores que no tengan miedo de soñar demasiado, porque en los lugares donde la desesperanza ha construido sus casas, un educador apasionado puede convertirse en el primer anuncio de que todavía es posible otro mundo.

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