LA CASA DONDE NADIE QUIERE ENTRAR
Marcelo Torres Cruz
Todos hablan de mirar hacia dentro, pero casi nadie se atreve a hacerlo de verdad. Mirar dentro no significa analizar nuestra historia ni construir una versión más amable de nosotros mismos. Significa detenernos y descubrir que aquello que podemos observar no puede ser completamente aquello que somos: los pensamientos aparecen y desaparecen, las emociones cambian, el cuerpo se transforma, los nombres, los triunfos y las derrotas pertenecen a una historia que hemos aprendido a contar. Entonces surge una pregunta incómoda: si todo eso puede ser observado, ¿quién está mirando? Quizá ahí comienza el verdadero viaje: cuando dejamos de identificarnos con el personaje y empezamos a reconocernos en la conciencia que contempla la obra.
Pero cuando finalmente entramos en esa casa interior, no encontramos inmediatamente paz. Encontramos ruido. Una habitación llena de pensamientos contradictorios, heridas que nunca terminamos de cerrar, deseos que cambian, miedos escondidos y emociones que aprendimos a disfrazar para poder seguir adelante. La sociedad nos ha enseñado a mantener las puertas cerradas: mirar hacia afuera, conseguir más, demostrar más, compararnos más, buscar reconocimiento y convencernos de que la felicidad está siempre en el próximo logro. Por eso muchas personas pasan toda la vida viviendo fuera de sí mismas. La presencia, en cambio, consiste en entrar a la casa y encender la luz. No para pelear con el desorden, sino para verlo. Porque aquello que puede ser visto deja de gobernarnos de la misma manera.
Tal vez la paz no consiste en conseguir que la vida sea exactamente como queremos, sino en dejar de mantener una guerra permanente contra aquello que ya está ocurriendo. La mente automática fue hecha para anticipar, corregir, resolver y proteger; pero cuando nos identificamos completamente con ella, la herramienta termina convirtiéndose en nuestro amo. La presencia rompe esa esclavitud silenciosa: nos permite observar sin juzgar, sentir sin convertir cada emoción en una orden y pensar sin convertir cada pensamiento en una verdad. La paz no se persigue; aparece cuando dejamos de luchar contra la realidad. Y la felicidad tampoco se conquista: se revela como consecuencia de una vida reconciliada con el presente. Quizá despertar sea justamente eso: entrar por fin en nuestra propia casa, encender la luz y descubrir que, detrás de todo el ruido, siempre hubo alguien mirando.
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