Empezamos a soñar bonito. Así, sin permiso, sin garantías, con esa terquedad luminosa que solo tienen los jóvenes cuando descubren que el mundo no está terminado.
Nos encontramos en el Encuentro Nacional de Jóvenes Artistas, venidos de geografías distintas, de montañas, barrios, ríos, selvas y ciudades que respiran distinto pero duelen parecido. Llegamos con preguntas incómodas:
¿Para qué el arte cuando la naturaleza se cae a pedazos?
¿Para qué el arte cuando la economía parece tragarse al ser humano?
¿Para qué el arte cuando la vida se estrecha como un pasillo sin ventanas?
Y, sin darnos cuenta, las preguntas empezaron a volverse camino.
Porque cuando un grupo de jóvenes se reúne a pensar el mundo, algo se rompe y algo nace al mismo tiempo. Se rompe el miedo de creer que todo está escrito. Y nace la sospecha de que todavía podemos inventar futuro.
Marcelo Torres Cruz, desde la coordinación y la dirección de la Corporación Laboratorios pedagógicos de familias que establece la familia, fue el tejedor silencioso de ese encuentro. No llegó a imponer respuestas; llegó a abrir puertas. Coordinó, participó, creó y sostuvo el espacio donde las preguntas podían respirarse sin miedo. Y eso, en estos tiempos, ya es una forma de revolución.
Allí entendimos algo sencillo y peligroso: el arte no sirve para decorar la realidad. Sirve para discutirla. Para incomodarla. Para abrazarla cuando duele y para señalarla cuando miente.
Los jóvenes no llegaron a “participar” como quien asiste a un evento. Llegaron a construir. A levantar, con palabras, sonidos, colores y cuerpos, un arte que no pide permiso para existir. Un arte político, no porque grite consignas, sino porque se atreve a imaginar otras formas de vivir juntos.
Y cuando los jóvenes empiezan a imaginar, el mundo tiembla un poco.
Porque cada sueño compartido es una grieta en la resignación.
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